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Totalitarismo1En Las paradojas de la soberaní­a (1945), el filósofo Kart R. Popper escribe un párrafo iluminador sobre Stalin una de las trampas en las cuales puede caer la democracia liberal, sobre todo en tiempos como estos, donde asistimos a una suerte de subasta de todos los valores,

“si vive para ver el dí­a en que el voto de la mayorí­a destruye las instituciones democráticas, esta triste experiencia sólo le habrá enseñado que no existe un método a prueba de tontos para evitar la tiraní­a. Pero esta experiencia no tiene por que debilitar su decisión de luchar contra la tiraní­a, ni mostrará su teorí­a como incongruente”.
Tal vez, esas grietas que han propiciado la aparición, consolidación y lenta caí­da de los regí­menes totalitarios del siglo XX sean consecuencia del “equilibrio inestable” que sugerí­a Italo Calvino, el cual obliga a estos gobiernos de fuerza a “justificar continuamente la existencia del propio aparato represivo, y por lo tanto de algo que reprimir”. Ese “pretexto de los enemigos” es una de las estrategias del miedo que usan los jefes polí­ticos y sus allegados en un estado totalitario mientras sueñan con producir, en palabras de Aldous Huxley, “una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarí­an su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y a los maestros de escuela.
Totalitarismo
A finales de 1956 los politólogos Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski definieron al totalitarismo como la “dominación de un partido de masas dirigido por un lí­der carismático, una ideologí­a oficial, el monopolio de los medios de comunicación de masas, el monopolio de las fuerzas armadas, un control policial terrorista, un control centralizado de la economí­a”. Esa alarmante enumeración abarca cinco criterios de orden institucional, mientras que sólo uno es de orden ideológico, ya que en los gobiernos totalitarios, según Jean Touchard, “en lo que concierne a las ideologí­as las semejanzas distan mucho de ser tan manifiestas”, el empleo de la palabra totalitarismo arroja el resultado “que quizás en algunos es el objetivo” de ocultar las diferencias que derivan de la esencia misma del régimen y de sugerir paralelos no siempre convincentes”.

Carisma
La dominación totalitaria no se franquicia, el poder mana de un solo hombre que intenta imponer una visión del mundo, pero lo hace, en sus inicios, mediante el establecimiento de una relación, de una fusión de su yo interior con el de sus seguidores. Así­, es clave entender qué es y como funciona el carisma, que Charles Lindholm define con un concepto tomado de la fí­sica: es una fuerza fuerte, “amalgama a las personas de modos que trascienden y transfiguran la identidad de los seguidores, y posiblemente la identidad del lí­der”.

Bibliografí­a mí­nima sobre el Totalitarismo

- Ana Arendt, Los orí­genes del totalitarismo.
- Raymond Aron, Democracia y Totalitarismo.
- José Fernández Santillán, Hobbes y Rousseau entre la autocracia y la democracia.
- Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski, Dictadura totalitaria y autocracia.
- Adolf Hitler, Mi Lucha.
- Charles Lindholm, Carisma.
- Huber Matos, Cómo llegó la noche.
- Carlos Alberto Montaner, Viaje al Corazón de Cuba.
- George Orwell, 1984.
- Karl Popper, La Sociedad Abierta y sus enemigos.
- William Shirer, Auge y Caí­da del Tercer Reich.
- Jean François Revel, La tentación totalitaria.
- J.L. Talmon, The origins of totalitarian democracy.
- Gao Xingjian, El libro de un hombre solo.

(*): Letras Dossier edición 004 / Periódico Universitario Letras # 416
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¿Por qué traduje Furchtbare Juristen?

Por Carlos Armando Figueredo / cafigueredo@cantv.net

Académico UCV y Unimet.

Juristas del horrorEn enero de 2005, con motivo de cumplirse sesenta años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, como representante de la Universidad Metropolitana, me tocó coordinar con la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela la semana conmemorativa de esa liberación en la Universidad.

Totalitarismo2Fue una semana memorable en la que se expusieron los afiches diseñados por estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello relativos al horror de Auschwitz, centrados en el lema “Nunca Olvidar”. Hubo una serie de conferencias dentro de la cuales me correspondió hablar sobre las leyes raciales del Tercer Reich. Tanto para un diplomado sobre justicia penal internacional como para las propias jornadas conmemorativas tuve la oportunidad de conducir un foro sobre el film de Stanley Kramer Judgment at Nuremberg. Se trata de un clásico del cine, con la participación de actores de la talla de Burt Lancaster, Maximilian Schell, Spencer Tracy y Montgomery Clift. En él se narra el Tercer Juicio de Nuremberg, conocido como el Juicio a los Jueces. Fue un proceso en el que los jueces, los fiscales del ministerio público y juristas que habí­an ejercido cargos importantes durante el Tercer Reich, fueron acusados de haberle dado “manto legal” a crí­menes espantosos. Casi todos los acusados fueron condenados a penas de hasta por vida.

Para dirigir un foro sobre un film, si se quiere actuar profesionalmente, es necesario documentarse, investigar. En ese proceso, tuve acceso a un artí­culo de Michael Asimow, profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de California (UCLA), escrito en 1998 bajo el tátulo “Judges Judging Judge Judgment at Nuremberg”. En dicho artí­culo, Asimow decí­a que el jurista y autor alemán Ingo Muller describí­a el juicio a los jueces en Nuremberg en un libro que discutí­a todo el sistema de justicia y el ordenamiento jurí­dico en la Alemania del Tercer Reich, analizando el papel desempeñado por abogados, jueces y fiscales del ministerio, entre otros juristas.

Logré obtener una copia del original del libro de Mller, titulado Furchtbare Juristen. Die unbewíƒÂ¤ltigte Vergangenheit unserer Justiz. Al leerla me di cuenta de inmediato que lo que habí­a ocurrido en la Alemania entre 1918 y 1945 podí­a repetirse en otros paí­ses del mundo donde se pretende que impere el estado de derecho democrático y social. Obtuve los derechos exclusivos para una versión española del libro, cedidos por la editorial alemana Rowohlt Verlag y, después de un agobiante trabajo de traducción que duró más de un año, logré publicar Los Juristas del Horror “La Justicia de Hitler: El Pasado que Alemania no puede dejar Atrás (Editorial Actum, 2006).

En el prólogo de la edición española, el novelista Eduardo Casanova dice:

“¿Qué pasa cuando la justicia deja de ser independiente y se hace polí­tica? ¿Qué ocurre cuando la justicia se pliega a los amos del poder en un paí­s? En la Alemania nazi cuando la â”justicia” se plegó a los amos del poder, millones de seres humanos murieron en una guerra absurda y fueron perseguidos, martirizados y asesinados seis o siete millones de ciudadanos, hombres, mujeres y niños inocentes. Centenares de miles de seres humanos fueron condenados por jueces y fiscales que actuaban, aparentemente, bajo el imperio de la Ley.”

Las enseñanzas de la historia deben servirnos para evitar que situaciones que creí­amos enterradas en el pasado vuelvan a imperar, destruyendo democracia y libertad. A mis alumnos de derecho en la Universidad Central siempre cito las palabras de San Agustí­n, en La Ciudad de Dios:

“¿Si suprimimos la justicia, qué son entonces los reinos sino grandes latrocinios? ¿Y qué son pues los latrocinios sino pequeños reinos? La propia banda está formada por hombres; es gobernada por la autoridad de un prí­ncipe, está entretejida por el pacto de la confederación y el botí­n es dividido por una ley convenida.” (Civ, Dei. Lib. Cap. 4).

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Balance histórico del Totalitarismo

Por Emilio Figueredo Planchart / efigueredo@analitica.com
Diplomático, Fundador de Analitica.com

Los totalitarismos se instalan no tanto en virtud de los entusiasmos
que suscitan cuanto gracias a quienes los consienten”
Walter Benjamin

Totalitarismo3Escribir hoy en dí­a sobre el totalitarismo no debe ser un ejercicio académico ni tampoco de curiosidad intelectual sobre un fenómeno polí­tico que impregnó dolorosamente la mayor parte del siglo XX. Lamentablemente esa realidad pervive y muta a nuevas modalidades en estos inicios del siglo XXI, por lo que conviene entender bien sus antecedentes históricos.

Mucho se ha escrito sobre los orí­genes del totalitarismo, al respecto es inevitable referirse a la obra monumental de Ana Arendt Los orí­genes del totalitarismo donde se analiza las similitudes entre los regí­menes fascistas y comunistas en la búsqueda del control total de sus respectivas sociedades. Tampoco se pueden olvidar las reflexiones de Karl Popper , expresadas básicamente en La sociedad abierta y sus enemigos. Para Popper, las raí­ces intelectuales del totalitarismo occidental se remontan a los postulados polí­ticos de Platón, pasa por Hegel y a fines del siglo XIX se concretan en la obra de Marx.

Totalitarismo religioso y laico

Para explicar en que consiste el totalitarismo necesariamente hay que hacer una distinción entre sus manifestaciones laicas y religiosas. El totalitarismo puede existir en sociedades en las cuales se pretenda imponer a los ciudadanos una visión única para la salvación humana y eso mediante la aplicación estricta de cánones y reglas religiosas que determinan el comportamiento admitido. Nos referimos a las repúblicas teocráticas que existieron en el pasado así­ como las que existen hoy en dí­a en algunos paí­ses musulmanes.

La otra cara de la moneda, que es la que se refiere este escrito, es la versión “laica” del mismo fenómeno, o para darle una connotación cultural, la visión de raigambre occidental, cuyos orí­genes se remontan a Esparta. En esta versión, se pretende crear una nueva sociedad “perfecta”, donde el individuo no es sino un engranaje o instrumento en la búsqueda de una sociedad que supuestamente generarí­a la máxima felicidad colectiva. Esta felicidad puede consistir en la generación de un hombre nuevo, de un hombre puro racialmente, o de una sociedad igualitaria en la que desaparezca toda forma de diversidad, o de una sociedad claramente diferenciada pero con una totalidad supuestamente “armónica”, como la Espartana y la realidad del totalitarismo del siglo XX, donde cada pieza humana tenga su posición especí­fica y encaje perfectamente en la totalidad. Pero la razón de ser es siempre la misma: Un rechazo visceral a la sociedad abierta y a la diversidad.

Una de las caracterí­sticas del totalitarismo ha sido utilizar una determinada ideologí­a basada bien sea en el conflicto racial o en la lucha de clases para modificar las estructuras de la sociedad, por medio de la fuerza y la intolerancia, para crear una nueva sociedad controlada en todos sus aspectos por el poder polí­tico, en la que supuestamente se erradiquen para siempre y en forma definitiva los pretendidos vicios del modelo de sociedad que se quiere remplazar.

Orí­genes: Rousseau y Mussolini
Aunque el concepto es relativamente nuevo, se puede aducir que su primera expresión la formuló Benito Mussolini el 22 de agosto de 1933 en el periódico Il popolo di Italia en la que definió a los estados fascistas como “autoritarios, unitarios, totalitarios”. Sin embargo sus antecedentes modernos se remontan a la Revolución Francesa.

J. L. Talmon sostiene en su libro Totalitarian Democracy que la concepción moderna del totalitarismo fue iniciada por Jean-Jacques Rousseau. En efecto, al afirmar éste que existe un orden natural y armonioso para la sociedad humana le agregó la peligrosa noción de que existe una “voluntad general” para lograrlo. Esto se alcanzarí­a al cercenar la capacidad de expresión del ciudadano mediante la imposición del concepto de la soberaní­a popular a toda la sociedad.

Rousseau desarrolló este concepto de manera metafí­sica y lo hizo porque resultaba evidente que el resultado que se deseaba, a veces, no podí­a expresarse mediante la mera decisión mayoritaria del colectivo. Rousseau afirmaba que el pueblo siempre aspiraba al bien, pero no siempre estaba en capacidad para discernir en qué consistí­a este valor. Por lo tanto era necesario determinar las condiciones necesarias para que el populacho pudiera ser instruido en qué consistí­a lo que más le convení­a.

Babeuf, uno de los lí­deres más radicales de la Revolución Francesa, sostení­a que era necesaria la dictadura como paso previo para instalar la nueva sociedad. Era necesario, en primer lugar, instalar una dictadura en la que el objetivo era acabar con las instituciones del pasado así­ como con las personas que estaban ligadas a ellas. Crear un nuevo orden económico en el que se aboliera la propiedad privada y se crearan condiciones para la igualdad absoluta. En esa sociedad todos contribuirí­an con el fruto de su labor y podrí­an disponer libremente de los bienes que requiriesen para su existencia.

Por último, para alcanzar ese objetivo era indispensable que la dictadura controlase el sistema educativo y restringiese la libertad de prensa, para así­ erradicar los vicios y prejuicios del pasado e inculcar en los nuevos ciudadanos la ilustración y la virtud necesaria para el adecuado ejercicio de su voluntad soberana.

El gran peligro de estas tesis desarrolladas en el marco de la Revolución Francesa es que bajo el manto de pretender para todos los hombres “la libertad, la igualdad y la fraternidad”, se consagra precisamente lo contrario. Como muestra la experiencia, cuando la elite polí­tica que está en el poder lo ejerce sin lí­mites y se adueña de todas las esferas sociales y quiere imponer a todos los miembros, con o sin su consentimiento, un pensamiento único y una forma única de arreglo social se abre la ví­a para imponer un nuevo tipo de tiraní­a, una de carácter global que está muy lejos de la “libertad, igualdad o fraternidad”. Para construir la utopí­a cercenan las libertades individuales de todos, al mismo tiempo que se estructura un esquema de nuevas y profundas desigualdades.

Para que esto pudiese ocurrir era necesario que desaparecieran los partidos polí­ticos que eran, según él, instrumentos para acentuar la desunión del pueblo y la expresión de intereses particulares. El interés general tení­a que expresarse en una nueva realidad en la que no quedara espacio para una sociedad parcial. Para lograr esta utopí­a, Rousseau llegó a afirmar que quien se niegue a aceptar la voluntad general tendrá que ser obligado a aceptarla por parte del resto de la sociedad, o lo que viene a ser lo mismo, el individuo tendrí­a que ser obligado a ser “libre”.

Herencia histórica del Totalitarismo

Hoy, después de haber conocido las atrocidades y fracasos sociales de los regimenes totalitarios, fascistas o de “socialismo real”, es preciso rechazar la justificación del poder totalitario como medio para conseguir una sociedad “perfecta”. La historia puede repetirse, y para evitarlo es necesario abrir los ojos ante las debilidades conceptuales de las ideologí­as renovadoras y enfrentar a los que pretenden, con un nuevo canto de sirenas, conducirnos por un sendero en el que se cercenen “temporalmente” todas las libertades para imponer una visión utópica en la cual la libertad solo podrí­a existir cuando se logre el objetivo de la creación de la nueva sociedad.

Periódico universitario Letras # 416



Comentarios:
2 Comments Archivado en "Dossier: Totalitarismo"
silvia el November 15th, 2007 a las 5:32 pm #

que pongan mas imagenes por que son nesesarias para el estudio de la sociedad y el futuro del siglo pasado


juan el August 7th, 2008 a las 8:42 am #

wena sta bkn


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