(Nelson Morales / Profesor de Sociología, ULA) El mundo cambia vertiginosamente, pero se supone que dicho cambio debe tener una dirección deseable. Corresponde a la educación la responsabilidad de señalar destinos, rutas, formas de andar en el mundo. La misión de la educación no puede seguir siendo la de formar hombres para una sociedad fracasada. Hace unos años la UNESCO le solicitó al sabio francés Edgar Morin que propusiera una educación para el futuro y él, humildemente, consideró la necesidad de superar siete cegueras o de aprender: a afrontar errores e ilusiones, lograr un conocimiento pertinente, evidenciar la condición humana, asumir la identidad terrenal, enfrentar las incertidumbres, comprender la comprensión y acogerse a la ética del género humano. En pocas palabras, Morin recomienda vacunarnos contra la estupidez de una educación engañosa y endémica. En el texto la estupidez se interpreta como falta de entendimiento o torpeza para comprender las cosas y con eventos que, aunque provocan risa, sus consecuencias no sólo son cómicas, sino también trágicas.
Por su parte, el filosofo barcelonés José Antonio Marina, más osado, propone enseñar “la teoría científica de la estupidez” como una asignatura troncal en todos los niveles educativos. Según él la escuela debería responder a preguntas como ¿por qué nos equivocamos tanto? ¿por qué nos empeñamos en amargarnos la existencia? ¿por qué personas tan inteligentes hacen cosas tan estúpidas? ¿por qué tropezamos cien veces con la misma piedra?
Si bien es cierto que nuestras instituciones educativas han realizado notables esfuerzos por comprender y superar las dificultades pedagógicas de los estudiantes - y una muestra de ello la tenemos en las bibliotecas colmadas de estudios sobre el asunto -, no se encuentra en la misma proporción explicaciones sobre el fracaso de los pueblos en vencer los obstáculos que se le presentan y en superar sus limitaciones.
En Venezuela hemos sido eficientes en fracasar y en construir justificaciones: “no metimos gol, pero jugamos bien”, “estamos mal, pero vamos bien”. Nuestra historia republicana ha estado cimentada en la creencia de que, como la educación es buena per se, y por cuanto gran parte de ella se produce y se practica en ámbitos institucionales que certifican, pues mientras mayor es la cantidad que accede a tales ambientes es mucho mejor: de ahí los programas de masificación, democratización, las misiones, y las canonjías para titularse. Subyace el supuesto de que algo se aprenderá, y preferiblemente lo más pronto posible. Y seguimos alimentando vanas ilusiones. Pero la cuestión es: aprender…si, pero aprender para hacer qué.
Persiste la idea de que la acumulación de conocimientos es deseable y que ello ayuda a incorporarse al mundo del trabajo. Y como “el trabajo dignifica”, quien trabaja se cubre de un manto de decencia consumada. Cualquiera que es apresado por un aparente hecho doloso seguro que apela a un recurso expresivo: “soy un honesto trabajador”.
¿Acaso la educación está preparando, además, y también, para el devenir? Esta es otra gran pregunta. Si pudiéramos adivinar el futuro o disponer de alguna certidumbre ideológica, podría ser muy fácil poder responder a esta duda. Lamentablemente debemos confesar que no estamos seguros hacia cuál devenir o hacia cuál sociedad nos enrumbamos. El horizonte es tan abierto como desconocido. Andamos, pues, a tientas. Andamos en la neblina, entre los sueños de la razón. Esto no lo resolvieron ni Edgar Morin, ni José Antonio Marina, y menos los clarividentes de la postmodernidad. Al respecto Charles Páez (2005) refiere que “en algún punto del futuro cercano el periodo de duplicación del conocimiento se hará cero, o lo que es lo mismo, una cantidad infinita de nuevo conocimiento podrá generarse en tiempo infinito a partir del conocimiento que se tenga para ese entonces. A partir de ese punto de singularidad tecnológica ¡no podemos predecir nada con sentido con nuestro entendimiento presente!”
Por supuesto hay indicios que apuntan hacia una sociedad cada vez más abierta, global, compleja y tecnológica, lo cual requiere de una educación acompasada y temporaria. Tal educación nos conecta con un saber milenario y obvio, generalmente inadvertido, nos referimos a la sincronización rítmica. Estamos persuadidos de la necesidad y conveniencia de aprender y enseñar este factotum.
Escribir acerca de esta cuestión es colocar por delante una problemática que, quiérase o no, converge hacia la disolución de los conflictos. Aunque se trata de abrir opciones para la enseñanza a futuro, voces reconocidas en otras latitudes indican que cualquier decisión depende, y mucho, de los haberes acumulados años atrás.
Cuando las personas, grupos, organizaciones, naciones, se acompasan real o virtualmente, disminuye la distancia social entre ellos y se hace más fluida la comunicación. Esto ocurre cuando dichos actores acomodan, ajustan o sincronizan sus ritmos entre si, proceso que los lleva a adoptar posiciones y gestos similares. Este aprendizaje es esencial para crear vínculos basados en la confianza, la credibilidad y la participación libre y auténtica, y su práctica se torna apremiante en el campo educativo, y por extensión, en otros campos de la vida cotidiana.
Por cuanto estamos ante un cambio en la naturaleza del cambio, pensamos que es imprescindible prestar atención al sentido del ritmo. Creemos que es posible aprender a entrar en sincronía. Creemos que si ello se practicase, las desavenencias, los desencuentros, los conflictos, las guerras, podrían evitarse, minimizarse o transformarse en expresiones de belleza, equilibrio y armonía. Restituiríamos el compás de la naturaleza. Presagiamos que en un futuro se promoverán cursos de rítmica social en los que se ensayarán fórmulas que nos permitirán acompasar las divergencias culturales, políticas, las diferencias de sensibilidad y que favorecerán la sostenibilidad de la coexistencia, y por ende, la supervivencia de la especie.
Bibliografía
Fuente: Analítica Premium