(Pablo Gamba/Revista Vértigo) El cartero wayúu relata un viaje desde Maracaibo hasta la profundidad de la Guajira a bordo de un camión que transporta pasajeros, encomiendas y las cartas que los que viven alejados del terruño envían a sus familiares. La película con la que Alejandra Fonseca ganó el premio Documenta 2007 al mejor largometraje es un documental narrado como si fuera una road movie. Pero una road movie peculiar, puesto que se trata de un recorrido por un territorio en el que parecieran no existir carreteras. Es por tanto también una cinta de aventuras, en la que lo que es deporte para los ricos se convierte en desafío a la tenacidad y el ingenio de los indígenas. Y una aventura también en lo que se refiere a la representación cinematográfica de los pueblos originarios: los wayúu no son curiosidades antropológicas en esta cinta, ni víctimas que sólo aparezcan allí para denunciar el maltrato al que son sometidos. Son gente que, literalmente, se abre camino por sí misma en la vida y que, en todo caso, dispuesta a la compañía del espectador extranjero como un compañero de viaje.
Los personajes de la vida real del filme son gente experta en el oficio moderno de conductores, lo cual requiere habilidades mecánicas para reparar las piezas que se dañan en el recorrido por caminos no aptos para el tránsito de ese tipo de vehículos e incluso la fabricación de artefactos que les permiten rodar por el barro. No sólo tejen y crían cabras los wayúu de hoy en la cinta, como no podría hacerlo nadie que necesita desenvolverse en el mundo moderno y debe apropiarse de los adelantos de la modernidad para ello. En cuanto a la religión, la ayuda de los poderes sobrenaturales es requerida como auxiliar de otros esfuerzos por hacer avanzar el transporte. ¿Y qué camionero no lleva en el tablero de su vehículo las imágenes de los santos cuya protección así solicita?
La comunicación por cartas, además de que parece una acertada cita del filme brasileño Estación central de Walter Salles (Central do Brasil, 1998), constituye una puerta hacia una faceta de la vida que también es característicamente moderna: la de la vida privada. Se trata, sin embargo, de una forma de intimidad peculiar, en la medida en que emplea un recurso que el uso de celulares vuelve cada día más marginal. Los que redactan las cartas en el terminal vierten los sentimientos en las formas características del género epistolar que el redactor emplea, incluida la fórmula de despedida “sin nada más que agregar”, que se repite en uno y otro escrito. Si el celular acerca al interlocutor hasta el punto en que puede bastar con escuchar el tono de voz y la respiración para sentirse acompañado, la carta obliga a articular la expresión de una manea tal que pueda ser comprendida en ausencia del interlocutor. En consecuencia, el espectador que escucha la lectura de las cartas también puede hacerse partícipe de la experiencia de una forma mucho más cercana a la de los protagonistas, aun cuando no conozca a las personas. Esa es quizás la razón por la que resulta seductor el uso de las cartas en la película: porque es un recurso dramático efectivo. También causa sorpresa por el contraste con la representación tradicional de las culturas indígenas como ágrafas. Pero en este caso el efecto es el del antiasombro. Los wayúus son interesantes en la medida en que dejan de sorprender por su forma de ser “autóctona”.
Aunque invita a ver al otro con una simpatía que se deriva de la semejanza, no es cándida tampoco El cartero wayúu en la representación del indígena. Ellos llaman a la Guajira su territorio, pero hay una línea en el mapa mediante la cual se lo reparten dos estados nacionales. La falta de carreteras pavimentadas no puede ser, además, un signo más elocuente en lo que a la relación con el Gobierno venezolano respecta. El quinto exportador de petróleo del mundo, que incluso en un momento llegó a ser conocido en el mundo como un lago de asfalto, no ha sido capaz de construir vías de comunicación apropiadas para el disfrute de estos ciudadanos, a los que en la letra de la Constitución se les reconoce como pueblo. No es, por tanto, un simple olvido la causa de tal desatención, y la situación no es la misma en otras áreas remotas del Zulia, donde las carreteras han sido construidas para comunicar a las haciendas.
La pobreza es representada de una manera tangencial pero contundente, al referir aquello que los wayúus de la ciudad envían a los que viven en la Guajira: además de gestos rituales de cortesía, los presentes son una forma de contribuir a paliar la escasez de alimentos, y la gente básicamente manda comida. Asimismo, la falta de personas en edad de trabajar revela la problemática que provoca el éxodo a la ciudad. Sin embargo, los niños que quedan ponen de manifiesto un deseo colectivo de salir adelante: aun los de muy corta edad, leen correctamente en voz alta las cartas a los viejos. Son muchachos que van a la escuela y aprenden, a pesar de lo difíciles que puedan ser las circunstancias. Entre los personajes del país desarrollista de Estación central no hay tanta gente alfabetizada, y hay que considerar, además, que los muchachitos de El cartero wayúu leen en una lengua extranjera.
Filmes como Iniciación de un shamán de Manuel de Pedro (1979) y Oko warao: gente de curiara de Beatriz Bermúdez y Bernarda Escalante (1986) lograron en su momento registrar la imagen de los indígenas en el cine venezolano con un propósito antropológico, y Yo hablo a Caracas (1978) y Amazonas, el negocio de este mundo (1986) de Carlos Azpúrua intentaron darles voz para que sus problemas fueran considerados por las instituciones de la democracia representativa, en la misma época. El cartero wayúu se inscribe ahora en los cambios ocurridos en Venezuela desde 1999 y, en especial, desde la aprobación de la Constitución ese año. Porque para poder ser pueblos, no sólo necesitan ser indígenas sino además ser modernos a su manera original, como lo es hoy el pueblo iraní, por ejemplo. Eso también convierte a los wayúus de la película en compañeros de aventuras y de luchas de los demás venezolanos, y en compañeros de penurias también, puesto que aún compartimos problemas similares, relacionados con la pobreza y la exclusión.
(*): Lee sobre la premiación de El cartero wayúu
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