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Archivado en Letras dossier por Iván R. Méndez

dossier425(Francisco Javier Pérez / UCAB) No imaginó nunca la primera generación de académicos españoles, ésa que tuvo por encargo la realización del Diccionario de Autoridades (1726-1739), que la encomienda inicial de la más célebre de las corporaciones académicas dedicadas al estudio de la lengua española sellaría un compromiso con la recolección y descripción del riquísimo léxico del español y que ese compromiso duraría hasta el día de hoy.
Tan fuerte resultó esa primera consagración que, puede decirse sin que se piense que se trata de una exageración, haría del trabajo lexicográfico, tanto en el seno de la Real Academia Española como en el de las academias correspondientes, la más medular de sus ocupaciones y el más perdurable de sus aportes.

Transcurre el año previo a la fundación de la Academia Española, 1713, y un equipo de académicos gobernados por los numerarios Juan Manuel Fernández Pacheco (el imprescindible marqués de Villena), Vicencio Squarzafigo (español a pesar del italianismo que su nombre y su apellido delatan), que al año siguiente serían designados como primer director y primer secretario de la RAE  y, entre otros, el jesuita José Cassani (autor de la fundamental Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús del Nuevo Reino de Granada en la América, Descripción y Relación exacta de sus gloriosas Misiones en el Reino , Llanos, Meta y Río Orinoco que publica, en 1741, nueve años antes de su muerte) , se da a la tarea de producir el animal perfecto (como se sabe, esta magnífica historia ha sido contada con fascinación por Fernando Lázaro Carreter en su estudio: “El primer diccionario de la Academia”, texto que también le sirviera para su ingreso en la corporación española) . Ciertamente, un acuerdo suscrito por todo lexicógrafo moderno del español hace recaer sobre el Diccionario de Autoridades el más firme de los elogios que un diccionario pueda pretender: ser reconocido por su comunidad hablante y usuaria como obra en la que todos ven identificados sus afectos, virtudes, desazones, empeños y conocimientos en la sabia descripción que en ella se hace de las voces y expresiones que la lengua tiene para hacerse espejo del mundo, gracias a la magistral condición cultural que posee el diccionario para dibujar a su modo ese espejo del mundo facilitado e inducido por la lengua misma.

Obra de alta erudición, el Diccionario de Autoridades hizo auténtico alarde de conocimiento literario en la composición del diccionario pues cada entrada debía estar respaldada por el juicio de los escritores, en quienes recaía felizmente el juicio como mejores hablantes, en un tiempo en donde los más grandes de la lengua lo eran también de la literatura. La enormidad de la tarea de elaboración devino, irremisiblemente, en una enormidad en la tarea de comprensión y manejo de la obra por parte de los usuarios y consultores de los tres gruesos volúmenes de este diccionario.

Muy pronto, pues, la Real Academia Española quedó ganada para la elaboración de un nuevo diccionario, el segundo signado bajo su impronta descriptiva y que con los años vendría a perpetuarse como el más reputado de los diccionarios de nuestra lengua: el primer DRAE, como desde entonces se le conoce, o Diccionario de la Lengua Castellana reducido a un tomo para su más fácil uso, publicado en 1780 (Manuel Seco ha firmado una de sus mejores páginas críticas al escribir la Introducción a la edición facsimilar de este diccionario, auspiciada por la Academia Española, en 1991; me gustaría no entender como casualidad el hecho de que sea precisamente Seco, el coordinador técnico de la obra que hoy presentamos, habida cuenta de su experticia mayor en cuanto a la historia de los diccionarios españoles, única vía que asociamos al mejoramiento de toda obra futura, al conocer las carencias de los diccionarios anteriores).

Habita en las páginas del primer DRAE un impulso simplificador y compendioso en relación a su antecesor lexicográfico. Bajo esta advocación técnica, el primer DRAE y los sucesivos DRAES irían, al unísono, creciendo en número de unidades léxicas descritas y, paradójicamente, simplificando el aparato descriptivo, costándole no sólo las críticas más cruentas proferidas contra cualquier diccionario de lengua española, sino, adicionalmente, la eliminación de las delicias del aparato explicativo que constituye el corazón de todo diccionario. En otras palabras, el crecimiento cuantitativo del DRAE fue producto de un sacrificio a la complejidad y de ajuste en las definiciones que, como todo el diccionario mismo, vinieron a hacerse simplificadoras y compendiosas, calificativos por donde la lengua quedó extrañada, algunas veces, y ajena, otras muchas.

En descargo de la dignidad del DRAE debe decirse, claro está, que estas carencias vinieron a caracterizarlo durante las décadas finales del siglo XIX, tiempos puristas y excluyentes, y hasta bien entrado el siglo XX. Consoladoramente, no puede decirse lo mismo de los tres o cuatro últimos DRAES, que acusan claramente recibo no sólo de la modernidad de la técnica científica lexicográfica, sino del sentido de la lengua, que no es sino el sentido común de los lingüistas cuando éste es resultado de la adecuación entre lo que la lengua representa y lo que se establece como patrón para su comprensión en diccionarios y gramáticas.

Sin embargo, nunca se pensó que el DRAE crecería tanto y que en su crecimiento irían a quedar por fuera muchas unidades y muchas acepciones correspondientes a la vasta geografía de la superpoblada lengua española. Fue así como nació, dos siglos más tarde, una de las criaturas más jubilosas de la lexicografía académica: el Diccionario manual de la lengua española. Puede fecharse, entonces, el año 1927, como el de la aparición del primer manual lexicográfico español. Las razones para la existencia de esta especie son, a contracorriente del DRAE, la amplificación y lo abarcador. Buscaban los diccionarios manuales, que se publicaron en número de cuatro, evitar el sacrifico léxico y el rendir cuentas a la parquedad descriptiva. En lucha abierta con los caracteres más inequívocos del DRAE, el diccionario manual quería ser ostentoso en su riqueza y dispendioso en libertades, en sentido inverso a como el DRAE había querido serlo en comedimiento y en rigor inclusivo.

El camino abierto por los diccionarios manuales de la Real Academia Española, un trabajo paralelo al de la criatura mayor de la lexicografía académica, es el que hoy nos permite festejar la aparición del primer Diccionario esencial de la lengua española, obra de las corporaciones académicas hispánicas.

Conducido por la paradoja, los diccionarios manuales y ahora el esencial toman partido recuperador de las delicias léxicas de la lengua española sin escuchar la voz, otrora purista y todavía muchas veces castradora, del diccionario mayor de la lengua.

Aperturista por definición y amplio por carácter, los diccionarios esenciales del español siempre huyendo del canon han querido hacerse acompañar al usuario común de la lengua para facilitarle una herramienta de comprensión suficiente de la lengua, desacatando lo que los diccionarios de la lengua se exigen como organismos sacralizadores. En otras palabras, nunca los diccionarios esenciales pretendieron pontificar o echar en cara erudición, más bien, se empeñaron en ofrecer lo aún no confirmado por los técnicos de la lexicografía y con ello aupar la presencia de un léxico heterogéneo, múltiple y univerbal con la meta de incidir en el hablante medio y común, haciendo del diccionario no ya santón lingüístico, sino cordial receptor del uso a donde acuden los hablantes como si de un guía espiritual se tratara.

La materia teórica es compleja, como vemos, y no busco ahora resolverla; sólo llamar la atención sobre la naturaleza de los diccionarios esenciales, afincada en un dispendio en torno a la libertad descriptiva, como valor de concepción frente a los criterios de evaluación que se imponen los diccionarios generales de la lengua, cuya responsabilidad pontificadota es muy grande y muy costosa para la imagen misma que de ellos se tiene.

dossier425_2Un resumen de la ficha técnica del Diccionario esencial de la lengua española, que hoy presentamos al público estudioso de Venezuela, y que se edita por la tradicionalmente generosa conjunción entre la Editorial Espasa-Calpe (perteneciente al Grupo Editorial Planeta), en cuyas prensas la obra ha sido editada, y la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, en cuyas aulas madrileñas e hispanoamericanas ha sido fraguado, obliga a repasar algunas cifras y a recordar algunas peculiaridades.

En cuanto a las primeras, hay que decir que este nuevo diccionario cuenta con un conjunto aproximado de 55.000 artículos en donde se reúnen 118.000 acepciones universales y 13.000 unidades pluriverbales y 12.000 ejemplos de uso (las cifras del último DRAE son, respectivamente, 88.000, 190.000 y 25.000). En cuanto a las segundas, este nuevo diccionario ha sido elaborado en consonancia con las últimas innovaciones acordadas por la Academia Española y por las Academias Hispanoamericanas en relación a ortografía, tratamiento de americanismos y doctrina normativa instaurada por el Diccionario panhispánico de dudas. Un señalamiento necesario de hacer en este recuento técnico es que este nuevo diccionario esencial ha suprimido el grueso número de voces desusadas que aún habitan en el DRAE como un indeclinable lastre. Otras delicias de este diccionario académico esencial sería la presencia de anotaciones morfológicas y regulares de imprescindible uso en un diccionario con estas metas de expansión y abarcabilidad. También, el aportador cuerpo de apéndices de modelos de conjugación, extranjerismos, elementos de afijación y de ortografía con el que la obra queda completo.

Las características anteriores que este diccionario ha puesto a funcionar con sentido de la lengua hacen que, sin desmerecer las iniciativas previas en torno a la lexicografía esencial de nuestra lengua, venga a ser este diccionario académico esencial el más perfecto en su género en el momento en que hablo. Sin embargo, no sería justo dejar de reconocer la meritoria presencia que en la bibliografía sobre lexicografía esencial tuvieron los antecesores del nuevo diccionario y del que se debe declarar deudor, como es costumbre en la disciplina diccionariológica. En esta idea, me complace mencionar los diccionarios esenciales del español publicados bajo los sellos editoriales de Vox, Larousse y Los Andes Publishing.

Respondiendo a la tradición lexicográfica de la que este diccionario esencial es parte, esa originada en los diccionarios manuales, como vimos, es capaz, sin embargo, de distanciarse de ellos en un aspecto crucial: la necesidad de esencialidad, de la que carecían los manuales, que reunieron en sus corpus las voces que el diccionario general no consideró, bien por falta de evidencias documentales o bien por melindres de elaboración. Sí conservó de los manuales, en cambio, el sentido de flexibilidad en la recogida de voces y una vocación distanciada de todo dogmatismo en relación con la presentación descriptiva. En otras palabras, una definición del presente Diccionario esencial de la lengua española, tendrá que resaltar su estrecha relación con el DRAE y el rol de resumen lingüístico que de aquél viene a significar.

Llega, ahora, a nuestra atención, la inspección estructural del Diccionario esencial de la lengua española, como definitiva confirmación sobre sus valores y alcances. Un artículo cualquiera de este diccionario ofrece sobradamente el repertorio de asuntos básicos para definir la voz descrita en toda su razón básica y fundamental (en realidad, algunos teóricos entienden como especies tipológicas sinónimas del esencial, la de los diccionarios básicos y la de los fundamentales): una definición ajustada, tanto para las unidades univerbales como para las pluriverbales; y la justificada presencia de ejemplos reales o inventados, tan necesarios para hacer patente, no sólo la comprensión de la unidad léxica, sino las distintas operaciones de encodificación.

En torno al tópico semántico de los artículos, terminan completando la microestructura, aportes metalingüísticos diversos: marcas gramaticales y observaciones morfológicas de todo tipo.

En conclusión, a la espera de que este diccionario no corra la suerte de sus hermanos los diccionarios manuales, siempre desapercibidos y ajenos a la gloria que muy pronto vino a alcanzar el diccionario mayor de la Academia Española, nos permitimos no sólo recomendarlo como uno de los más útiles instrumentos producidos por la alianza entre las academias del mundo hispánico y la Editorial Espasa-Calpe, sino augurarle el destino propio que merece en independencia al DRAE, del que se entiende inteligente síntesis.

A partir de este momento, la lexicografía reconocerá en este primer diccionario académico esencial el mejor intento por divulgar el carácter fundamental de la lengua española peninsular (cuyo rasgo queda entendido gracias a la marca regional de uso español) junto al carácter fundamental, también, de la lengua española de América. Así, la dignidad y amabilidad de sus propuestas lo hacen desde ya virtuoso acopio de la noble lengua española, hablada para contento general, en los cuatro costados del mundo.

Esencial para entender lo mejor de la lengua, este diccionario se hará también esencial en el dominio de lo que hoy todos los hablantes identificamos como nuestro español fundamental. Si bien las síntesis no siempre son bien vistas en lexicografía, las que ejecuta este Diccionario esencial de la lengua española son las mejor llevadas de toda la lexicografía académica del presente.

Muchos y clamorosos aplausos, pues, son los que pido hoy para esta obra, para sus ejecutores, para sus impresores y, adelantadamente, para el afortunado público que hará de este diccionario, como compañero de ese viaje lingüístico, relato paralelo del viaje de la vida de los pueblos, cuya esencia ha quedado recogida con sobriedad y sentido común, la misma cosa en materia de diccionarios.

En otra consideración, aquello que nunca imaginó la primera generación de académicos españoles del siglo XVIII, la virtuosa y afanosa continuación del primer diccionario de la corporación madrileña, ha quedado con esta obra y con el auge de los diccionarios académicos del presente, promisoriamente cumplido.

(*): Palabras de presentación de la obra. Palacio de las Academias; Caracas, 25 de junio de 2007. Reproducidas con autorización del autor.

(**): Francisco Javier Pérez es licenciado en Letras (UCAB) especializado en lexicografía. Es Profesor  asociado de la UCAB. Obras: Sordera, estruendo, sonido; Diccionarios, discursos etnográficos, universos léxicos. Premio de Ensayo Julio César Salas (1998). Miembro más joven de la AVL.

 Periódico universitario Letras # 425



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