Nov
30
Archivado en Opinion por colaborador

trabajadora(Karla Perozo/ UCAB ) El proceso de comenzar una vida repleta de responsabilidades laborales no siempre es una decisión revestida de las todas luces que implica la conciencia activa de iniciarse en el área profesional en aras de un futuro prometedor. Sin embargo, el mérito no radica tanto en la intención como en la acción. Ya no resulta asombroso encontrar a jóvenes que desde muy corta edad se inician en el campo laboral. Específicamente durante los años del pregrado quienes estudian y trabajan constituyen el grueso de la población universitaria. No es un fenómeno nuevo, sino ya casi una tradición familiar, y en muchas ocasiones más que una tradición una necesidad. Y cuando se habla de necesidad ésta también implica la de irse formando como profesional e ir trascendiendo las barreras repletas de textos que nos inculca la academia.

Tampoco es motivo de asombro encontrar a empresarios cada vez más jóvenes que desde muy temprano se inician en el negocio familiar y antes de su tercera década ya forman parte de la alta directiva de una empresa. Un caso similar al de quienes comienzan a hacer carrera en grandes transnacionales o compañías que potencian la expansión profesional.

En todo caso, lo que si resulta asombroso es cómo la edad de quienes gerencian grandes proyectos es cada vez menor como si se tratara de una carrera de velocidad y no una carrera profesional. Formando un campo laboral adaptado a esa situación y que por ende, exige trabajadores cada vez más jóvenes; creando así un campo minado de precoces y exitosos profesionales en una carrera cada vez más competitiva.



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