(Pablo Gamba / Revista Vértigo) La historia de Puras joyitas parece ser la del robo de la corona del Miss Venezuela para sacar unos diamantes del país, y de la estafa de unos delincuentes profesionales a los mafiosos que los contrataron para hacer ese trabajo. Sin embargo, esto ocurre básicamente en la última parte de la película escrita y dirigida por César Oropeza y Henry Rivero. En el comienzo del filme, que quizás es menos convencionalmente entretenido pero más interesante desde el punto de vista cinematográfico, casi todo aquello que después es utilizado por los ladrones para apoderarse de la prenda va apareciendo a lo largo de un discurso en el que un personaje narrador, SN (Mario Cimarro), va hilvanando, como al azar, diversos tópicos de la realidad venezolana, y de lo que en inglés se llama facts of life y en español no tiene una buena traducción en “hechos de la vida”. ¿Por qué aparecen así, en dos contextos diferentes, los implantes de senos, el concurso de belleza, las protestas contra él y los coladores, por ejemplo? La respuesta a esta pregunta permite entender que, aunque se trata de una cinta de entretenimiento, Puras joyitas también una película más ambiciosa que una caper movie cualquiera de Hollywood. Por esta misma razón se inscribe en una corriente actual de filmes venezolanos para los que la forma de contar la historia, y la reflexión sobre ella, es tanto o más importante que aquello que la historia cuenta.
Los coladores de plástico aparecen por primera vez en un cuento que echa SN sobre cómo son empleados en la producción de droga, acerca de la repercusión de ese uso ilícito en el aumento de la demanda, puesto que los laboratorios y todo lo que se emplea en ellos es continuamente destruido para evitar el rastreo de las autoridades, y la manera en que un empresario sacó provecho de esa circunstancia para vender juegos completos del utensilio, en vez de la pieza del tamaño específico que requieren los narcotraficantes. Sólo al final vuelven a encontrar un lugar marginal en la historia del robo, cuando se emplea una pieza del juego para colar los diamantes. En el caso de las tetas artificiales, se hace mención de ellas, al principio, como parte de un discurso sobre aquello que pasa de ser posible a obligatorio y acerca de cómo las prótesis se han convertido en algo que permite hacer realidad lo que antes era imaginario, incluso para los hombres que se implantan senos. Luego, en la historia del robo, cumplen otra función, esta vez más importante que la de los coladores. Lo mismo ocurre con el Miss Venezuela: al comienzo es motivo de reflexión para SN sobre la importancia que tiene en la cultura nacional, hasta el punto de que entre los títulos internacionales se incluyen varios de belleza masculina, y sirve de pretexto también para burlarse de las manifestaciones que se hacen y los discursos que se inventan hoy en día para defender las más diversas causas, a través del personaje de Marcela Greudken (Julie Restifo), la ex Miss convertida en feroz crítica del concurso. Y el certamen vuelve a aparecer como centro de la historia que se relata en la segunda parte.
Si los mismos facts of life aparecen en historias diferentes en el mismo filme, es porque su existencia precede las múltiples cosas que pueden decirse sobre ellos. Y por la misma razón, esos hechos “de la vida real”, como reza el lugar común, son autónomos en relación con las ficciones que pueden fraguarse a partir de ellos. No sólo hay, por tanto, diversas estafas en el filme, sino que la película misma, por la forma como se construye, se revela ante los ojos del espectador como una estafa, en tanto no es lo que parece ser: de la misma manera como SN utiliza una serie de objetos, sin relación alguna entre ellos y que cualquiera podría toparse a cada rato en la vida cotidiana, para construir sus cuentos, primero, y tramar un robo perfecto que en realidad es un engaño después, el doble uso de los mismos elementos en el filme revela que, en el fondo, las historias de la película no son sino historias de coladores, tetas falsas, una corona de plástico, etcétera.
Incluso hay otros motivos en la cinta para que el espectador se sienta “estafado”, en este lúcido sentido de poner sobre la mesa las cartas con las que se arma el juego de la ficción y advertirle al público que se deja engañar a sabiendas, si lo juega por pura diversión. ¿Y qué mayor estafa, por ejemplo, que el personaje de Funboy, por ejemplo, un comodín que supuestamente es capaz de hacer de todo con igual grado de excelencia, desde cocinar, preparar arreglos florales o bailar ballet hasta colocar implantes de senos? Es una burla descarada a la verosimilitud concentrar todas esas habilidades en un solo tipo, y el público debe decidir si acepta que se rían de él, y se hace así partícipe de la burla, o si refunfuña y no juega más. Ni este ni otros detalles, además, deberían pasar inadvertidos, puesto que el filme exige de un espectador atento, que vaya atando cabos para poder enterarse, por ejemplo, de por qué Tío André (Jorge Palacios) decidió contratar a la banda de los Entendidos. Es más, Puras joyitas exige que la gente sea lo suficientemente cinéfila como para quedarse en la sala hasta el final de los créditos, algo casi imposible en Venezuela por las malas prácticas de los circuitos de exhibición. En caso contrario no va entender. El que compró la entrada para comer cotufas y a hablar, no puso atención y se fue rapidito, en cuanto comenzaron los créditos, no vio la película. Lo estafaron y no se dio ni cuenta, por tonto.
Quizás una cinta sobre el Miss Venezuela requería ser contada de una forma como esta, puesto que de todos los objetos de los que los personajes se valen para inventar sus cuentos y sus planes de robo, y que los guionistas y directores también usan para construir la película, el que ocupa el primer lugar en importancia es la falsa corona del concurso, obviamente. El público del certamen de belleza no es menos estafado que el de Puras joyitas, aunque no en el sentido positivo del lúcido desenmascaramiento. Sería de tontos a los que los estafan que no ponen atención al sentido del juego en el que se prestan a participar. Por eso llegan a creer que ver por televisión cómo le ponen un pedazo de plástico sobre la cabeza de una rubia idiota les hace partícipes de un reino de belleza universal.
PURAS JOYITAS
Venezuela, 2007
Dirección y guión: César Oropeza, Henry Rivero. Producción: Rodolfo Cova. Dirección de arte: Marcelo Pont. Fotografía: Alexandra Henao. Montaje: Miguel Ángel García. Sonido directo: Javier Aponte. Música: Rafael Gómez. Elenco: Mario Cigarro (SN), Miguel Ferrari (Rodilla), Erich Wildpret (Funboy), Albi de Abreu (Coqueto), Juan Pablo Raba (Bigote), Jorge Palacios (Tío André), Pedro Pérez “Budú” (Kong Kong), Julie Restifo (Marcela Greudken), Gabriela Vergara (la chica). Duración: 104 minutos. Super 35 mm con intermedio digital, 2,35:1, color, Dolby Digital.
+ información: www.purasjoyitas.com/
Hey! Veo que te gustó y que entendiste perfectamente, a pesar de ello no hace falta quedarse a ver a Kong al final para entender… eso fue solo un epílogo descartable. Esta entrade es vieja, así que creo que no verás mi comentario. En todo caso, que bien encontrar a alguien que sí comprendió la cosa como era en toda su dimensión. Con sus errores (que son muchos) PJ trata. Por eso, a pesar de odiarla con toda mi alma, me siento orgulloso de haberla llevado a cabo.
Saludos.
C.